Nuestra primera vez

Teníamos meses sin hablar y muchos más sin vernos. Su mensaje fue totalmente imprevisto y yo me esperaba lo peor. Nos saludamos y abrazamos, tan cálida como siempre.

Hacía bastante calor dentro de su casa. Me quité el abrigo, la bufanda y el suéter y los dejé en el sofá. Dos minutos después, su gato estaba olfateando todo y durmiéndose sobre mis cosas. Estoy segura de que él también me extrañaba.

Me dio una cerveza y nos sentamos en la alfombra de la sala. Yo estaba muy nerviosa, no entendía nada. Le pregunté si todo estaba ok. Me dijo que sí, que nada malo había pasado, que había soñado conmigo y que simplemente quería verme.

Nos pusimos al corriente de todo lo que había pasado en esos meses: se había separado de Manuel -con quien apenas empezaba a salir la última vez que la vi-, la habían ascendido en su trabajo, su sobrina había pasado a primer grado y muchas otras cosas…Yo básicamente seguía igual, aunque por fin había conseguido un trabajo en el que sentía cómoda, estaba rodeada de gente interesante y estaba haciendo lo que me gusta.

Las horas pasaban.

Nos acostamos, seguíamos bebiendo cerveza, reíamos y hasta lloramos. Me abrazó y me besó en la frente, dijo que me había extrañado mucho y yo le dije que la quería demasiado.

Y así de la nada, me besó en los labios. Era la primera vez que eso pasaba. Nunca habíamos hablado de la posibilidad, nunca habíamos insinuado nada y fue tan inesperado como su mensaje.

Le tomé su cara y la seguí besando con la mayor delicadeza. Se sentía tan suave que no quería lastimarla, quería comérmela toda, pero poco a poco. Bajé a su cuello, lo besé y lamí, subí a sus orejas…gimió muy bajito en mi oído.

Ya estaba sobre ella, seguíamos en el piso y seguíamos besándonos. Me separé un poco, la vi, sonreí, sonrió de vuelta y nos reímos. Todo parecía estar bien, pero no pude evitar preguntarle cómo se sentía. Sólo se río y respondió “esto es justo lo que había soñado”.

Le quité la playera y no tenía bra. Besé sus senos, preciosos, del tamaño de mis manos, suaves y con olor a gloria. Mi mano derecha comenzó a bajar por su pecho, su abdomen y sus caderas. Estaba sintiendo todo y todos mis sentidos estaban enfocados en ella.

Poco a poco fui recorriendo con mis manos y boca todo su cuerpo. Entreabriendo los labios y ejerciendo un poco de  presión sobre su piel. Justo en su cadera no me pude contener y la mordí un poco, muy suave. Ya en este punto, mi mano derecha estaba en su entrepierna caliente y húmeda y mi mano izquierda la levantaba un poco del suelo para poder apretarle las nalgas.

Terminé de desvestirla, mientras ella me sacaba la parte de arriba. Besos iban y venían. Pero también nos tocábamos mucho, estábamos explorando nuestros cuerpos, porque sí, nos conocíamos desde siempre, pero no de esta forma.

Yo no podía más, mis gemidos cada vez eran más frecuentes. Ya quería sentirla dentro de mí y estar dentro de ella.

Decidimos pasar al cuarto, dejamos la ropa en la sala y la luz encendida. Como la habitación no estaba tan lejos de la sala, la luz que emitía la lámpara era suficiente para vernos sin aturdir, creaba reflejos y contraluces ideales para la ocasión.

Ya en la cama, comenzó a quitarme el pantalón, mis piernas temblaban, yo entera temblaba. Aprovechó y movió mi tanga un poco, sólo para acariciarme con sus dedos y luego subió a mi cara, me probó y me hizo probar sus dedos.

Ya desnudas por completo, seguíamos besándonos, nos lamíamos, nos gemíamos al oído, nos mordíamos y nos apretábamos por todos lados.

Bajé a comerla, a sentirla con mis dedos, lengua y labios. Primero me enfoqué en lamerla lento y en besar la parte interna de sus muslos. Luego hice más presión en su clítoris y dejé que sus movimientos y gemidos me guiaran. Estando tan cerca podía sentir todo, no necesitábamos hablar. Finalmente metí dos de mis dedos en ella y comencé a moverlos. Todo a su ritmo: sus caderas, su humedad y sus gemidos me indicaban cómo hacerlo.

Comenzó a hacerme lo mismo con sus manos. Me sintió por completo en ese momento y durante un rato estuvimos jugueteando con la otra, con muchos besos y lamidas incluidas. Yo fui la primera en acabar y lo hice muy deli, estoy segura que no hubiese podido estar más mojada. Seguíamos estimulándonos y fue su turno de llegar al orgasmo. Me encantaría poder describir exactamente su cara en ese momento y en los segundos posteriores, pero era una mezcla entre felicidad de “niña buena” con cara de querer hacerme de todo y de querer mucho más.

Yo tenía minutos temblando y no podía más, estaba completamente fuera de mí.

Estábamos cansadas, las dos habíamos trabajado todo el día y ya teníamos horas bebiendo alcohol, pero queríamos más…así que seguimos, no sé por cuánto tiempo, pero cada minuto que pasaba era mejor que el anterior. Logramos parar, nos duchamos y dormimos juntas y desnudas por primera vez…

 

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Ilustración de @isamuguruza

 

Un hombre con mucha suerte, o no

Llegué a la fiesta porque mi amigo Pedro me había invitado, no conocía a nadie más y él todavía no llegaba. Pasé a la cocina, dejé mi botella en la mesa donde estaban todas las demás y me preparé un cuba libre.

Salí a la sala, sonaba música electrónica para bailar, había luces de colores y todos parecían pasarla muy bien.

Yo, sin embargo, no me hallaba. Había tenido un día de mierda en la oficina y estaba cansado. No entendía porqué Pedro había insistido tanto en ir, si al final me iba a dejar plantado y sin responder los mensajes.

La verdad, me senté en un sofá a observar todo. Eso es algo que disfruto hacer. Miro a la gente y me imagino qué piensan, qué sienten, qué les pasa. Es parte de mi trabajo, tengo que ser buen observador para poder venderles a las masas.

En fin, me aburrí de estar allí solo, me prepare otra cuba y decidí seguir recorriendo la casa. Así entré a un cuarto, estaba oscuro y no había nadie. Me acosté en la cama y veía el techo en la completa oscuridad. Tenía sueño, pero sabía que no debía quedarme dormido allí, además había decido que esperaría una hora más a ver si Pedro aparecía.

Creo que pasaron unos 15 minutos y que me estaba quedando dormido cuando sentí a alguien subirse sobre mí. Ella estaba desnuda, desnuda por completo. No decía nada, sólo me miraba fijamente y comenzó a desabrochar mi pantalón. Sacó mi pene y comenzó a golpearlo contra su abdomen. Sonaba increíble y se veía aún mejor.

Se inclinó un poco y puso sus senos en mi cara. Yo los besaba, apretaba con mis dos manos y mordía un poco también. Cuando tuve libre mis manos, pude recorrer su espalda y llegar a sus nalgas. Las apretaba, las sentía completas, las separaba…hacía todo lo que quería.

Ella sólo me miraba, gemía, no decía nada, y yo tampoco. Me sentía mudo, aunque realmente tampoco sabía qué decir.

Lo volvió a tomar en sus manos y por medio segundo me hizo creer que lo iba a meter dentro de ella, pero no.

Sólo lo frotaba, lo golpeaba contra su vientre y contra su vulva. En este punto ambos escurríamos de placer. Lo recorrió todo con sus manos y llenó cada centímetro de mi pene de su flujo.

Yo estaba desesperado, al borde la locura. Quería tomarla por la cintura y sentarla en mí, pero ella tenía el control. No aguantaba la necesidad de estar dentro de ella, pero tampoco quería que ese momento que estábamos viviendo terminara. Todo lo estaba disfrutando demasiado.

“Quiero que me lo hagas en mis posiciones favoritas” dijo.

Wow, por fin habló. Qué bonita voz, qué bonitas palabras y yo me sentí listo para no pensar en las consecuencias.

Se volteó, sobre mí igual, y ahora tenía en primer plano su espalda y su culo. Se abrió y por fin me dejó entrar.

Yo quería morderla toda. En serio. Quería recorrer cada parte visible de su cuerpo con mi lengua y con mis dientes. Pero no podía, por la posición y porque ella realmente estaba controlando todo.

Su ritmo era perfecto, lo hacía con fuerza, pero delicada a la vez. Su cuerpo era increíble. Su cabello era corto, pero podía apretarlo y halarlo también.

Así alternaban mis manos: entre sus nalgas, sus senos, su espalda, su cabello y su boca. Deseaba tener los brazos más largos, deseaba poder tocarla haciendo menos esfuerzo. Se lo merecía todo. Merecía todo el placer del mundo y yo quería dárselo.

Mis sentidos estaban más agudos que nunca. Juro que escuchaba su respiración como si estuviera respirando en mi oído y escuchaba sus gemidos aún con mejor definición.

En ese momento hablé, por primera vez. Logré pronunciar palabra y torpemente pregunté “¿cuál es la otra posición?”. Ella sólo se rió, no respondió nada, se bajó y se colocó a mi lado en 4.

Su cuerpo se veía todavía mejor, -no sé cómo eso era posible-. Su espalda, su cintura y sus caderas eran el combo perfecto, no había nada que sobrara, ni nada que faltara.

Yo ya estaba preparado para entrar de nuevo, más que preparado. Pero no me dejó. Me tocó el pecho, me acercó un poco a ella e hizo que bajara mi cabeza a la altura de su culo. Quería que la besara en 4. No quiero ser muy gráfico, pero estaba muy mojada y se sentía muy rico.

Yo quería verle la cara, necesitaba ver su cara de placer. En un par de momentos volteó y me miró con la misma decisión y fuerza del comienzo, pero casi siempre estuvo completamente de espaldas. Finalmente me dejó entrar de nuevo, cada vez más rico, cada vez más conectados, pero distantes a la vez. Así estuvimos un buen rato hasta que no aguanté más y tuve que parar.

Nos tiramos en la cama. Y en cuanto pude hablar, le pregunté su nombre. Me dijo que se llamaba Alicia, pero no le creí.

Ella pasó al baño y yo pasé mientras ella se vestía.

Nos reímos y no hablamos de nada.

Debíamos salir del cuarto. Ya me había terminado mi cuba y tenía una llamada perdida de Pedro.

Bajamos juntos a la cocina para recargar nuestros tragos y le pregunté qué estaba tomando, me respondió que un “Star & tonic”. Le dije que no sabía qué era eso y me respondió que era un “gin and tonic pero con una rodaja de naranja”.

Así fue como “Alicia” siempre fue la chica del “Star & tonic” y como de vez en cuando llega a mi memoria su cara, con un gin en la mano  y con su mirada llena de fuerza y decisión.

 

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Ilustración de @jorge.vigenor

El trío que pudo haber sido y no fue

Llegamos a su casa y nos besamos intensamente en el estacionamiento.

Subimos al apartamento y allí estaba él. Bello, más bello que en cualquiera de las fotos que había visto antes. Nos presentamos y me sirvió una copa.

Estábamos los tres viendo un concierto, conversando, comiendo snacks y bebiendo vino.

Era mi primera vez en casa de Luis, quien me llamó a su cuarto con una excusa muy mala. No había terminado de cruzar la puerta cuando me estaba tomando por la cintura, me levantó y me pegó contra la pared.

Nos besamos con muchísimas ganas, teníamos días imaginando este encuentro y por fin estábamos frente a frente.

Era obvio lo que iba a pasar.

Lo hicimos. Uno de los mejores polvos de mi vida y el pene más grande que he conocido.

Afuera estaba Gabriel, solo. Mientras Luis y yo descansábamos en la cama.

-Le gustas mucho a Gabriel

-¿Si?

-Nosotros estuvimos hablando…y…¿crees que él pueda venir?

-¿Cómo?

-¿Que si te gustaría estar con él también?

-Mmm…Oook…

Gabriel salió y entró su mejor amigo. Era precioso y estaba buenísimo.

Me dijo que le encantaba desde que me vio en fotos y que le excitaba mucho. También que ellos compartían todo, que eran amigos desde muy jóvenes y que sabían cómo pasarla muy bien.

Nos besamos, le quité la ropa, nos besamos más.

Jamás me imaginé que estaría en una situación así, pero lo estaba disfrutando.

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Ilustración de Nymphainna

Moría de ganas, pero Gabriel estaba tan alcoholizado que no logró que su pene se endureciera.

Yo, con muy poca paciencia, me levanté y me vestí.

Luis me llevó a casa, nos despedimos con un beso y más nunca volví a saber de ninguno de los dos.

El mejor sexo oral

¿Han escuchado eso de que los hombres no saben dónde está el clítoris?

Pues es verdad jaja.

Sí, todas las mujeres somos distintas, pero por algo el Satisfyer tiene tanto éxito, ¿no?

Justo así comienza una conversación con una de mis mejores amigas, contándome lo mucho que le fastidiaba que le hicieran sexo oral hasta que conoció a un tal Diego que no sólo le dio su primer orgasmo oral, sino que le dio tres.

Se conocieron por Facebook, hablaron unos días y decidieron ir por un café un domingo de invierno. Ella estaba emocionada, Diego parecía perfecto, justo el tipo de hombre que le gusta delgado pero marcado, alto, muy blanco, con canas y pecas y de 34 años.

Al encontrarse ella pensó que lucía mucho mejor en sus fotos, pero en pocos minutos se dio cuenta que la actitud de él, era lo más importante.

Ese día se besaron en el auto y se tocaron un poco. Quedaron en verse la noche siguiente. Él pasó por ella a su casa, fueron a su departamento, fumaron un poco y tomaron vodka tónics.

Conversaron mucho, descubrieron que tenían el mismo grupo musical favorito, Spacehog, y que además también tenían hobbies parecidos. Comenzaron a besarse en la barra de la cocina, pasaron al sofá y finalmente a la habitación.

Él la acostó, le abrió las piernas y comenzó a hacerlo. Y, según ella, desde el primer segundo Diego supo exactamente qué hacer. Ella no entendía nada. Jamás se había sentido así. De hecho hasta ese momento juraba que el sexo oral no era lo de ella.

Se corrió una vez, temblaba, gemía, se corrió una segunda vez y ahí fue cuando realmente se confundió, ¿dos orgasmos seguidos y con sexo oral? Cuando pasó la tercera vez, ya no sabía en qué persona se había convertido.

Diego sabía lo que hacía y se esmeraba al hacerlo. Por suerte para mi amiga, sus encuentros fueron cada vez más frecuentes y mejoraron cada vez.
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Ilustración de Chiara Ghigliazza