Catársis

En 2020 comencé a escribir en este espacio y también busqué todas las cosas que había publicado a lo largo de mi vida, asé llegué a un texto de una cuartilla y media que había escrito a los 17 años para Redacción I en la universidad.

La premisa del texto es ¿Quién soy? y yo había olvidado por completo su existencia. Pasaron días para que dejara de pensar en él e incluso llegué a compartirlo con personas cercanas, diciéndoles lo mucho que me sorprendía que aunque habían pasado 10 años, bien podría haberlo escrito ese mismo día. 

A ver, sí, en 10 años pasan muchísimas cosas y lo lógico es que cambiemos, maduremos y vayamos siendo diferentes, pero realmente me sorprendió que Alejandra de 27 años no era tan diferente de la Alejandra de 17. 

La esencia, las cosas importantes y lo que me importa, seguía intacto. 

Decidí que tenía que hacer la versión de 27 y no me tomé el tiempo de hacerla antes de cumplir los 28, pero en diciembre cuando se terminó nuestro primer año de pandemia y vi los recuentos de todos, también tuve que ganas de hacer lo mismo y así es como nace este texto. Una mezcla de tratar de describirme, de todo lo que cambié, viví y aprendí en 2020 y también como una despedida. 

Hoy es 23 de enero de 2021, tengo 28 años y como ya lo dije acabamos de pasar uno de los años más raros que me tocará vivir. 

Enero lo comencé en casa de mi mejor amiga y luego fui a una fiesta con un grupo de amigos que me hacían sentir como en casa siempre, me habían dejado entrar en su círculo y me hacían sentir aceptada y querida. 

También hacía unos pocos meses que había terminado un intento de relación que no terminó nada bien. Sin embargo, me demostró una vez más qué cosas son las que quiero o no de una relación y cómo lo que está mal siempre estará mal por más que intentemos de negar la realidad. 

Mi vida estaba bastante bien. Estaba rodeada de personas que me hacían sentir querida, tuve un par de episodios bonitos en el trabajo, vi en concierto a un músico que me había cambiado la vida -que meses después sería acusado de cosas horribles-, creía que podía tener un amigo con derechos sin vincularme más de lo debido, hice cosas que no había hecho nunca…y así llegó la pandemia. 

Y yo seguí haciendo cosas nuevas, fui a playas que no conocía, hice de modelo y poco a poco llegó la inspiración a mí. Tenia más tiempo libre, podía organizar mis horarios y empecé compartir con amigas y amigos que admiro y que me llenaban de inspiración. También retomé los ansiolíticos y me sentía invencible. 

Tenía ganas de hacer cosas, quería decir y crear, algo que fácilmente no sentía desde por lo menos 5 años antes. 

Uno de mis roomies se contagió y me vi obligada a dejar esa rutina que recién adquiría, mi “estabilidad” tambaleó y me dio mucho miedo que esa productividad y ganas de hacer cosas que fácilmente tenía más de 7 años sin sentir, desaparecieran por completo.

Decidí volver a terapia psicológica y en paralelo comencé a tener problemas de salud por la mala postura que el homeoffice mal planificado me hacía tener. 

Por primera vez me vi inhabilitada a hacer cosas simples como cepillarme los dientes, abrir puertas o utilizar mi celular. El dolor era muy fuerte, constante y para ese entonces era consecuencia de mi constante estrés y sobre explotación laboral…pero ¿cómo era posible? Yo estaba muy feliz con el proyecto del blog, escribiendo y colaborando con personas. ¿Cómo iba a poder dejar de hacer eso que me hacía tan feliz, útil y con esperanzas? 

En terapia descubrí que esa motivación que tenía años sin sentir y que disfrutaba al máximo, se convirtió en una forma más de evasión de mi realidad y mi cuerpo no tardó demasiado en gritarme lo que en realidad pasaba: estaba llenándome de tareas y compromisos para mantener mi mente callada y evadir los problemas que con la cuarentena y la terapia habían salido a la luz.


6 meses después de que comencé a escribir esto, es decir en julio de 2021, la vida me ha cambiado de manera insospechada. Ya perdí la cuenta de las cosas que han cambiado en estos meses y sin dudas, el 2021 ha sido más bueno y complicado que el primer año de pandemia mundial.

Ya tengo un diagnóstico de salud, aprendí a cuidarme en ese aspecto, estoy enamorada, conocí más cosas oscuras de mí, me mudé sola, decidí establecerme seriamente en México, cambié de trabajo, tomé decisiones y seguí dándome cuenta de que estoy rodeada de gente que vale muchísimo y que me apoya.

Hoy más que nunca quiero ser mejor persona, quiero entender porqué hago, siento y digo. Todo lo que me está pasando viene con retos y con mucha reflexión acerca de quién soy porque me di cuenta que no me caigo tan bien cómo creía.

No sé qué va a pasar, tengo miedo y muchas ganas.

Normalicemos el cambiar de opinión

Sé que todos estamos podridos de lo que está pasando: estar encerrados, preocupados, con incertidumbre, asumiendo pérdidas, leyendo y viendo el mundo colapsar con manifestaciones, asesinatos, incendios…

Nos enteramos, estamos expuestos, estamos saturados y lamentablemente eso no es lo único que está pasando. Hay miles de injusticias sucediendo a diario y nos enteramos sólo de un porcentaje.

Mientras todo ocurre existen al menos dos posturas que tomar:

  1. Sentirse hastiado y preferir ignorar, no opinar y no participar.
  2. Opinar y tomar partido.

Hay temas que nos afectan de forma diferente a cada uno. Hay situaciones en las que por valores, por ética o por simple experiencia no puedes pasar de largo y voltear hacia otro lado y son en esos temas en los que tomamos partido, en los que hablamos, en los que alzamos la voz y nos manifestamos.

También hay que entender que no necesitas opinar de todo, que no importa si no sabes suficiente de un tema y prefieres informarte antes de hablar, que no importa si ni siquiera quieres informarte -o sea sí importa, pero es imposible saber de todo-.

Lo primordial es que no hables por hablar, que cuando lo hagas sea con un mínimo de trabajo previo de investigación por respeto y ¿sabes qué es más importante? Que cambies de opinión. 

Que te permitas cambiar de opinión porque leíste más sobre algo, porque debatiste con alguien sobre el tema, porque buscaste más información o porque simplemente encontraste un post que te hizo ver las cosas desde otro punto de vista.

Eso es lo que necesita el mundo: gente que investigue, curiosa, que cuestione y que no tema decir que se equivocó y quiera hablar desde otro lugar. Y también gente que sepa que cambiar de opinión es PERFECTO. Es bonito y está bien.

Aunque repito, si no estás listo para hacer el trabajo previo de leer, de contrastar información, de escuchar, de tratar de entender de dónde vienen las cosas…mejor no opinar, créeme puedes pasar al siguiente tema, no tienes que hablar sobre todo lo que ocurre, el mundo puede vivir sin escuchar lo que tienes para decir.

Pero volviendo al punto de este post, “normalicemos el cambiar de opinión”. Dejemos atrás ese deseo adolescente de “no cambiar nunca”. Cambiemos, cambia, muévete, haz algo por ti, haz algo por ser mejor persona, intercambia opiniones, conoce gente y cuestiona todo lo que ves y oyes.

Hablo de estos momentos porque estoy abrumada y necesito un break de la vida, pero me refiero a todo. Me refiero al BLM, al feminismo, a la despenalización del aborto, al RADFEM, a la comunidad LGBTQ+, al “separar al artista de su obra”, al clasismo…y también me refiero a ese momento cuando estás desnuda en la cama de alguien y por cualquier cosa ya no quieres tener sexo y dices “no”, dices “no, ya no quiero”. Permítete decir que no, permítete cambiar de opinión y permítete equivocarte.

Este último tema es muchísimo más profundo y probablemente lo toque en otro post, pero por ahora, sólo quería reivindicar a los curiosos, a los que tercos, a los que van en contra de la corriente y a quienes son empáticos.